«SIRĀT»: Reflexión analítica con spoilers

01/04/2026
Texto: Jordi Castellví
Fotos: © Filmes Da Ermida / El Deseo / Uri Films / 4à4 Productions / Movistar Plus+

Título original: Sirāt · España/Francia, 2025 · Productoras: Filmes Da Ermida/El Deseo/Uri Films/4à4 Productions, entre otras para Movistar Plus+ · Duración: 115 min.

Dirección: Óliver Laxe – Producción: Agustín Almodóvar, Pedro Almodóvar, Xavi Font, Óliver Laxe, Oriol Maymó, Mani Mortazavi, Andrea Queralt – Guion: Óliver Laxe, Santiago Fillol – Fotografía: Mauro Herce Mira – Montaje: Cristóbal Fernández – Música: Kangding Ray – Arte: Laia Ateca – Vestuario: Nadia Acimi – Intérpretes: Sergi López (Luis), Bruno Núñez Arjona (Esteban), Jade Oukid (Jade), Tonin Janvier (Tonin), Stefania Gadda (Steff), Richard ‘Bigui’ Bellamy (Bigui), Joshua Liam Henderson (Josh), Kangding Ray como DJ (cameo).

Sinopsis: Tras la desaparición de su hija en una fiesta rave, un padre, Luis (Sergi López), viaja a Marruecos con su hijo pequeño Esteban (Bruno Núñez) para buscarla en ese ambiente de fiestas de música electrónica. (IMDb.com)

Desintegración

Bailar sobre las cenizas de un mundo consumido. Eso es lo que queda para algunos, los heridos, los marginados. Gente rota, por dentro y por fuera. Personas que han perdido mucho de sí mismas,físicamente porque les han quitado manos o piernas, mentalmente porque ya no creen en las construcciones sociales: ideologías, nacionalidades, creencias morales y éticas. Pues nada de eso, con que las educaron y les dijeron que era tan importante, las ha librado de perder. Así que lo han abandonado ya todo. Y se han abandonado a sí mismas también, entregándose a apaciguar el dolor, entregándose a narcotizarse con la música rave. Ya no creen en el próspero futuro prometido, solo hay el contundente ahora. Solo quieren huir de la realidad, y la realidad es que bailan en un mundo que ya es un desierto, árido y estéril, sin nada que ofrecer. Agotado de disputas y guerras que siguen y persisten por la fantasía de quienes las provocan de que con ellas van a seguir manteniendo un sistema que ya no se sostiene. Luchan por la conquista de las cenizas que quedan, y con ello siguen arrastrando al dolor y muerte a los ya traumados.

Fotograma de Sirāt, un filme de Óliver Laxe. «Es el fin de una era. Es el fin de nuestra era, y eso da miedo. Es el miedo a lo desconocido luchando con el aferrarse a lo conocido, por quemado que esté.»

Estos marginados raveros son nosotros, en mayor o menor medida. Ellos se consagran al techno, otros a la compra compulsiva para llenar su vacío, o a un millón de series algorítmicas para anestesiarse, o a coleccionar sexo superficial buscando placer fastfood, o a profesar modas absurdas buscando aceptación, o a meterse todas las rayas posibles buscando no buscar. Somos todos, con nuestras diferencias, pero hermanados en nuestras mayores o menores taras emocionales y corporales. Porque por distintas condiciones sociales a las que pertenezcamos, al final, no somos más que el alimento de la maquinaria en la que vivimos, a la que llamamos progreso. Entramos en ella como personas y nos expulsa como despojos: deslomados, sin salud, sin fuerzas, sin nuestros mejores años. Enredados en deudas que hipotecan nuestro tiempo y vampirizan nuestra energía vital, ahogándonos para costearnos comida basura o unos pocos metros cuadrados donde morar. Carentes de relaciones auténticas; depresivos, estresados, infelices. Desengañados. Somos esclavos esforzándonos frenéticamente para que la maquinaria que nos machaca no se detenga en machacarnos.

Es el fin de una era. Es el fin de nuestra era, y eso da miedo. Es el miedo a lo desconocido luchando con el aferrarse a lo conocido, por quemado que esté. Y con estas cargas en el corazón no se puede evolucionar hacia lo que está por llegar. No hay armonía permaneciendo en un mundo agonizante, y solo la aceptación de que otro nuevo lo va a sustituir puede dar paz. Acuario aguarda.

Wasteland

Las corpulentas y toscas caravanas desfilan por senderos peligrosos al borde de profundos acantilados. Es casi un viaje homérico. Un viaje duro y difícil lleno de peligros: con los caminos amenazando con desmoronarse en cualquier momento; con escasez de comida; con ríos cortando el paso; y con soldados armados enfrascados en sus perpetuas beligerancias, que interrumpen la ruta haciendo que nuestros protagonistas sorteen las prohibiciones, las negaciones y las reglas. Siguen y avanzan, como hacían las tribus de la carretera de Mad Max. Pero aquí no se va a la búsqueda de la gasolina, sino de la música, en un anhelo de encontrar las respuestas en ella. Mas es una búsqueda en el lugar equivocado, pues buscan las respuestas afuera, en el exterior, cuando el verdadero viaje debe hacerse hacia el interior.

«Es casi un viaje homérico. Un viaje duro y difícil lleno de peligros: con los caminos amenazando con desmoronarse en cualquier momento…»

La travesía nocturna por el desierto, con los faros de los camiones iluminando hipnóticamente la oscuridad, marcan simbólicamente el esotérico recorrido de la noche arcana y misteriosa. Avanzan entre la negrura con el omnipresente polvo fulgurando ante los haces de los faros, que se extienden en el brumoso páramo. Es el mágico entorno propicio para las transformaciones, para la peregrinación del exterior hacia el interior; hacia lo inexplorado y lo oculto. Y mientras el polvo envuelve a las caravanas en un torbellino subyugante de luz y sombras, la blanca Luna se erige como única guía brillando en el cielo.

Transmutación

El padre con el niño que busca a la hija aún cree en el sistema, en el mundo gastado, en el permanecer aquí; su ego es fuerte. Pero no hay escapatoria, y cuando la muerte golpea, su sistema se descompone, cae como un castillo de naipes. Y descubre, de forma implacable, que no tiene control alguno sobre su vida, ni sobre la vida de nadie. Únicamente cuando lo pierde todo empieza su liberación espiritual, porque ya ha tocado fondo, ya nada importa, ya nada tiene. Primero entra el insoportable peso del dolor y la desesperación, pero después, cuando ya no le quedan ni las fuerzas para aguantarlos, se convierte en un tullido más y se abandona a narcotizarse con la música para apaciguar el sufrimiento. Pero él es el único que realmente evoluciona, porque no se queda enganchado en el placer obnubilante de olvidarse del mundo mientras este arde. Entra en la vibración, sí, los acordes electrónicos lo acarician y, con su consciencia alterada, lo invitan a entrar en lo espiritual. Pero no se queda atrapado en el trance: lo trasciende. Lo usa como una puerta, la abre y, con paso firme y sin miedo, cruza hacia el otro lado. Es la valentía del que ya no tiene nada y ya nada puede perder. Eso es lo que le diferencia de sus compañeros de fatigas. Los demás, por más desierto y desgracias que haya a su alrededor, solo se aferran obcecadamente a bailar y a olvidar. Le dan la espalda a la realidad permaneciendo en ella. No dejan ir, no ejercen el desapego, no hay la aceptación de que hay que trasmutar hacia lo nuevo. No cruzan el umbral, siguen anclados en las cenizas del viejo mundo. Pero no hay escapatoria, el viejo mundo solo ofrece muerte. Las minas explotan para ella y ellos, pero no para el padre. Él ya ha experimentado la catarsis, y camina hacia adelante avanzando con la serenidad de la aceptación hasta llegara las rocas.

«No es nihilismo, es un punto de inflexión en el que o aceptas la transformación o te mantienes apegado a lo que está destinado a desaparecer sucumbiendo con ello.»

Sirāt

Sirāt, del árabe, significa fundamentalmente «camino» o «sendero». En la tradición islámica, se refiere al puente estrecho y peligroso que se extiende sobre el infierno y conecta este mundo con el paraíso, simbolizando un camino interior de sufrimiento y superación hacia la verdad.

Los supervivientes suben al tren de los refugiados del antiguo mundo, y miran hacia el horizonte con resignación, pero también con aceptación, rindiéndose ante el fin, el cambio, y lo que vendrá. El convoy de los desarraigados es guiado por las vías, que se pierden hacia el infinito paisaje, hacia la incertidumbre. Solo hay una certeza: no saben qué les espera.

Será un lugar distinto, vaciado de creencias obsoletas y despojadode viejas construcciones sociales. Un singular nuevo mundo.

 

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