«Licorice Pizza»: ha nacido una estrella

24/02/2022
Texto: SAS
Fotos: © Focus Features / MGM

¡¡ENTRADA LIBRE DE SPOILERS!! LEE TRANQUILO/A: HEMOS REDACTADO ESTA CRÍTICA SIN TENER QUE REVELAR NADA FUNDAMENTAL SOBRE EL ARGUMENTO DE LA PELÍCULA

En Licorice Pizza asistimos al descubrimiento actoral del hijo de Phillip Seymour Hoffman, Cooper, todo un portento interpretativo que supera con creces a su homóloga Alana Haim.

Aviso ya al/la lector/a que esta entrada no nos servirá de excusa para repasar la más que destacable filmografía de Paul Thomas Anderson, cineasta que llega, con éste, a su noveno filme ―para eso, el/la interesado/a tiene miles de entradas y artículos en la inmensa internet que le servirán para satisfacer su curiosidad―. Si más no, esta pequeña crítica en nuestro weblog servirá para poner de manifiesto, como el titular sugiere, el nacimiento de una estrella en mayúsculas: Cooper Hoffman, el mayor de los hijos del trágicamente desaparecido intérprete Phillip Seymour Hoffman (Twister, Magnolia, The Master) y, asimismo, gran amigo del cineasta en cuestión.

En Licorice Pizza (2021) ―nombre que la película de Anderson roba a una cadena de tiendas de discos que existió en el Valle de San Fernando (California) durante los años 70, época en la que se ambienta dicho filme― debutan en la gran pantalla dos jóvenes: Alana Haim (de 30 años) y Cooper Hoffman (de 18); este último, como he apuntado en el párrafo anterior, uno de los hijos del malogrado actor ganador del Óscar y del Globo de Oro en 2006 por su papel de Truman Capote en Capote (2005, dir. Bennett Miller).

Una vez hecho el apunte de rigor sobre Seymour Hoffman, vayamos al grano. En Licorice Pizza asistimos al descubrimiento actoral de su hijo Cooper, todo un portento interpretativo que supera con creces a su homóloga Alana Haim (más conocida por ser miembro, juntamente con sus hermanas, de la banda de soft rock y pop, Haim). El debut de ambos intérpretes en la gran pantalla es, muy probablemente, lo mejor que presenta este filme que quiere ser una coming-of-age ‘alla cómica’ pero que no puede mantener el interés hasta el final de la cinta.

Alana Haim y Cooper Hoffman, los dos jóvenes intérpretes del filme, en una foto promocional

Anderson demuestra con esta película ser un firme candidato a la estatuilla por alguna de las nominaciones obtenidas en los Premios Óscar en 2022, aunque lo cierto es que el filme decae en su interés una vez superado el segundo acto.

Para ser honestos, Haim es una actriz de naturalidad y belleza innatas ante la cámara de cine ―Anderson la ha filmado en 35mm, uno de los mayores aciertos― y que, seguro, embelesará a más de un espectador. Pese a ello, la chica está interpretativamente muy por debajo del trabajo que ofrece Hoffman. La retahíla de lujo de actores y actrices de reparto con los que ha contado Anderson (Sean Penn, Tom Waits, Bradley Cooper, John Michael Higgins, Harriet Sansam Harris o John C. Reilly, tras el maquillaje de Herman Munster…) ayudan, en cierto modo, a hacer más interesante un guion que en muchas ocasiones carece de interés.

Las peripecias de la joven pareja sacan a relucir el carácter emprendedor de los jóvenes de los años 70, debido a la crisis petrolífera de la administración Nixon, además de problemáticas sociales propias de la época, tales como la homosexualidad de un personaje público (a día de hoy, más que superada) u otras situaciones graciosas, teniendo que ver más estas con determinadas diferencias sobre la religión…

Un Óscar para un cartel memorable

Anderson demuestra con esta película ser un firme candidato a la estatuilla por alguna de las nominaciones obtenidas en los Premios Óscar de 2022 (Mejor película, director o guion original), aunque lo cierto es que el filme decae en su interés una vez superado el segundo acto de una cinta tan nostálgica como irregular (un par de secuencias prescindibles para el desarrollo de la trama principal, así lo demuestra).

Antes de acabar con la crítica, destacar la emotiva historia que se oculta tras su vistoso póster: Kat Reeder, cuyo padre había sido un inmigrante peruano en los EE.UU. de principios de los 80, y que había llegado a pernoctar en bancos de la calle, ahora es una diseñadora de éxito que luce su póster en los mismos bancos donde durmió su padre: una emotiva anécdota que nos sugiere que la vida, en ocasiones, puede llegar a ser justa… 

Kat Reeder sentada en el mismo banco donde durmió su padre con el cartel de «Licorice Pizza», obra original suya

Valoración global: *** (La química entre sus protagonistas salva un filme de escaso interés pero que merece mucho la pena ver en pantalla grande).